jueves, 16 de agosto de 2007

Un pueblo que habla en cursiva


4 Agosto 2007 - Saco sin fondo
Las lenguas son para entenderse. O no. Nacieron para entenderse, por supuesto, pero el ser humano inmediatamente le encontró otros usos. Por ejemplo, las lenguas, más que los genes y el color de la piel, han sido un instrumento secular para afianzar el ultranacionalismo, el patriotismo en su vertiente más radical, la más estúpida, que en lugar de servir para comunicarse cumple una función perversa de barrera de incomunicación.

El latín, por ejemplo, que antaño fue un elemento de cohesión de todo un imperio (y un arma de opresión contra las lenguas de los pueblos que iba conquistando) subsistió al cabo de los siglos refugiado en la Iglesia católica, y manteniendo simultáneamente ambas funciones: servía para que el clero de todo el orbe se entendiera en una sola lengua, y a su vez conservaba ante el pueblo ignorante el misterio de las palabras mágicas que sólo los iniciados comprendían: una lengua para que no se entendiera. Hasta que llegó el Vaticano II y mandó a parar.

Por eso Ratzinger, en su intento de reforzar el centralismo vaticano comenzado ya por Pío XI, y considerar un paréntesis incómodo el concilio iniciado por Juan XXIII, expresando ya sin disimulo que su reino sí es de este mundo, ha dejado las manos libres a los curas que quieran volver al anterior rito de la misa, en latín, y de espaldas (en todos los sentidos de la palabra) al pueblo. El Vaticano es el imperio de las conciencias, y las lenguas vernáculas se parecen peligrosamente a eso que llaman democracia, su secular enemigo, tan del disgusto de la Iglesia, en la que ni el Papa es elegido democráticamente, pues el cónclave no es otra cosa que el instrumento del Espíritu Santo para designar al sucesor de Pedro. Nombrado a dedo, como hizo Aznar con Rajoy.

Los nacionalismos son sentimientos primarios, tribales casi, que en el siglo XXI hay que saber dosificar si no queremos caer en el ridículo. En Galicia, por ejemplo, cuando se estableció la España de las autonomías, oír a Fraga Iribarne hablar en gallego (ya era jodido entenderle en castellano) era algo tan extraño como oír hablar en catalán en la intimidad al hombrecillo insufrible. Parecía un disparate, porque Fraga era, en el inconsciente colectivo, el último reducto en activo de un político al servicio del régimen franquista, es decir, de un acendrado nacionalismo españolista que en Galicia sólo utilizaba la lengua vernácula para dirigirse a los criados y al ganado.

Con la autonomía política asentada, Galicia se vio en la necesidad de normalizar una lengua que había sido devastada por el castellano en todos los estamentos sociales, y que resistía en el habla de los paisanos en pequeños reinos de taifas lingüísticos. Y entre otras cosas, la normalización trajo que los documentos oficiales debían estar traducidos a las dos lenguas, como ocurre, por cierto, en las demás comunidades autónomas con idioma propio. De esta manera, los bares y restaurantes se han llenado de carteles que prohíben fumar en los dos idiomas, en letra común el aviso en castellano, y en cursiva el gallego. Lógico. Así, cuando los ciudadanos quieren leer la nota oficial en gallego, se van directamente a la cursiva. “Prohibido fumar, prohibido fumar”. Toda Galicia está empapelada con este doble cartel porque alguien debió de pensar que si un fumador despistado lee “prohibido fumar”, sin la cursiva, podría entender sabe dios qué, que alguien vendía un caniche a buen precio o que anunciaba las fiestas del pueblo.

Cuando los nacionalismos pierden las riendas del sentido común, ocurre como en Rusia, que plantan una bandera nacional debajo del casquete polar, para que si te pasas de impulso buceando en tus vacaciones veraniegas y tropiezas con la bandera rusa bajo las frías aguas del Ártico, sepas inmediatamente que estás invadiendo territorio ajeno.

O bien, como les ha ocurrido a un grupo ultranacionalista catalán, autodenominado Bandera Negra, que ha derribado el único toro de Osborne que quedaba en Cataluña por considerarlo un símbolo del imperialismo españolista. Es lo que tiene la exacerbación del nacionalismo, que en dosis excesivas afecta al sistema neuronal provocando unos síntomas terribles, entre los que se encuentra la pérdida absoluta del sentido del ridículo. Para Bandera Negra, “cada vez que un símbolo español sea alzado, será abatido sin contemplaciones por los patriotas catalanes como muestra de nuestra voluntad irreductible de defender a ultranza nuestros derechos nacionales”.
No sé si son unos imbéciles de baba o unos cachondos provocadores que se están quedando con nosotros, imitando hasta en el lenguaje a los “irreductibles” galos de Asterix. Lo que sí sé es que parece un nacionalismo de cómic.

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