sábado, 31 de octubre de 2009

A propósito de Haloween

Enviado por JC: Artículo mío para la revista "Patria Sindicalista"‏

«Halloween», una fiesta a medida de un agregado de necios.


La Iglesia católica española ha puesto el grito en el cielo criticando la rápida popularización de la fiesta conocida como «Halloween», tachándola de «pagana» y «anticristiana», advirtiendo, al mismo tiempo de serios peligros, sobre su presencia, expansión e influencia.

Lo primero, es bastante poco probable, y lo segundo puede ser cierto, pero tampoco es menos verdad que cuando las religiones, como la católica, se ponen al día vaciando los templos de feligreses, lleguemos a dudar de determinadas valoraciones —«paganismo», «anticristianismo»— que, desde nuestro particular punto de vista, están cogidas, como sucede en este caso concreto, por los pelos.

«Halloween», en efecto, tiene su origen en la fiesta celta conocida como «Samhain». ¿Qué se celebraba en el «Samhain»? El final del buen tiempo y la llegada del mal tiempo; esto es, el final de las cosechas que daba la tierra, con las cuales capear la llegada del crudo invierno. De hecho, el significado de la palabra gaélica «samhain» es justamente el de «final del estío». Hasta ahí, podríamos hablar con propiedad, de «paganismo», pero no del paganismo materialista al que hogaño alude la Iglesia católica, sino a un paganismo stricto sensu, un paganismo de matriz espiritual, en el que la comunión entre seres vivos y espíritus tenía un sentido trascendente, en las antípodas de toda idea de materialismo.

Con la llegada del cristianismo a las Islas británicas y el implacable transcurso de los siglos, se produce lo que pudiéramos llamar una primera transvaloración de la fiesta de «Halloween» —o «Samhain»—; esto es, se conserva un cierto grado de espiritualidad, en el marco de un siscretismo tolerado, pero diluido ya en las nuevas creencias religiosas que vienen del continente.

La segunda transvaloración, se produce con la llegada de esta tradición a los Estados Unidos de la mano de los inmigrantes irlandeses, a mediados del siglo XIX, si bien «Halloween» no se popularizará hasta la década de los años 20 del pasado siglo XX, permeada ya —obviamente— de toda la parafernalia propia del infantilismo consustancial a la cultura y la mentalidad americanocéntricas.


La tercera —y última, de momento— transvaloración se produce como consecuencia de una reelaboración que podríamos llamar «underground», de clara matriz cultural yanqui y burgués-decadente, y su paralela reelaboración por la factoría hollywoodiana a través de filmes «gore» a los que no dudamos en calificar como esperpentos cutres destinados a mentes mostrencas.

¿Festividad «pagana»? No —insistimos—, es simplemente una fiesta que, con el paso de los siglos, se ha despojado de todo jirón de espiritualidad y, en consecuencia, ha perdido completamente su sentido primigenio, convirtiéndose en la actualidad en un producto de consumo para masas como puedan serlo, sin ir más lejos, las «kedadas botellón» entre adolestentes y jóvenes y, en determinados sectores sociales, la «Navidad», convertida prácticamente ya en «vacaciones blancas».


¿Es «Halloween» una fiesta «anticristiana»? En su sentido actual, en el que se banaliza la muerte y evita cualquier sentido sentido de la trascendencia del alma, con toda seguridad. Probablemente menos «anticristiana» que algunos ministros del actual gobierno de España. Sin embargo, doctores tiene la Iglesia —católica, en este caso— que podrían sacarnos de dudas, como también podrían desvelarnos algún día, si quieren, el secreto de por qué buena parte de la jerarquía y el clero católico españoles —durante los años 60 y 70— se dedicaron a atacar, menospreciar y ningunear a los falangistas —movimiento político respetuoso siempre con la tradición religiosa española—, mientras en muchas parroquias, de punta a punta del país, la máquina de ciclostil de la sacristía se consagraba a imprimir propaganda marxista-leninista-maoísta.

Para nosotros, «Halloween» es al cerebro lo que el «fast food» al estómago. Es la consecuencia lógica de la sociedad espectáculo; de la sociedad de la impostura; de la sociedad que ha agotado al completo su capacidad de imaginación; de la sociedad que ha arrojado al cubo de la basura sus tradiciones; de la sociedad de consumo que tiene la imperiosa necesidad fabricar —lo más aceleradamente posible— nuevas marcas; de la sociedad ex católica que quiere exorcizar su complejo de inferioridad frente a la civilización «wasp» y, para ello, no duda en rebajarse —autosodomizarse— y abrazar todos y cada uno de los pseudomitos y ceremoniales laicos de la «sociedad opulenta» y «occidental».

¿Tiene cura «Halloween»? Albergamos serias dudas. Como decía Goethe, «contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano».


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