domingo, 22 de marzo de 2009

Berlin, una princesa, una plaza y un lector

Estuve unos días en Berlín y Leipzig con Ana y Sebastian.

Ana me regaló en navidad la novela Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin que leí en el autobús al ir y volver del trabajo. Releí también Una princesa en Berlín de Arthur R.G. Solmssen. Dos novelas completamente diferentes sobre el Berlin de los años 20 en los que ya comienza a fraguarse la hecatombe. Dos clases sociales, dos formas de vida cuyo lugar común es una ciudad encantada, sobria y bulliciosa al mismo tiempo.

Berlín es pasado, es presente y es futuro. Todo a la vez. Berlín está libre y viva. Con poco tráfico de coches pero muy metropolitana. La llenan el ir y venir de sus gentes, sus tranvías, bicicletas, autobuses y trenes.


Berlín es enorme, pecadora y mística, culta y bullanguera. Ave Fénix que vende su paño en cofre cerrado pero llama a gritos a los jóvenes de corazón y acoge amigable al visitante sin que apenas lo perciba.



En Berlín te sientes en casa, rezuma tranquilidad si la paseas, acción si la deseas e imagino que también si la trabajas.





Ana fue mi traductora y guía. Muy buena por cierto, ella también descubríó un poco de la ciudad comigo. Lo primero que me presentó, fue Postdamer Platz, la línea del muro y el primer semáforo europeo. Por sorpresa y como recuerdo, me regaló un llavero del señor verde con sombrero que ahora es guardian de las llaves de mi casa.



Los tres, Ana, Sebastian y yo, compartimos casa, espectáculo, tren, cerveza, luminosos paseos nocturnos y comida oriental, muy de moda en la ciudad y -supongo- entre sus habitantes más jóvenes.
Mis chascarrillos, -llueve, nada...,es cala bobos-, despistan a Sebastian y hacen que Ana ponga los ojos en blanco porque tiene que explicarle lo que significa. Yo me río de la travesura que cometí sin darme cuenta.



Berlín se busca a sí misma entre sus fantasmas y la necesidad de olvidar recordando y retomando apasionadamente su brillante pasado cultural, festivo, acogedor y cosmopolita. Ver, palpar, pasear el laberinto de Peter Eisenman,recuerdo al holocausto, es pura sensación vital: Se siente la soledad, el miedo, la incertidumbre, la opresión. La omnipresencia del muro, sus restos monumentolibertad, su trazo por las calles, indivisible ya, es paralelo a la perenne alegría por su desaparición.

Climátológicamente, no fuí en la mejor época del año y sin embargo me gustó mucho. La imaginé vestida de primavera y me gustó más todavía.



Fuimos a Leipzig en tren. El billete compartido para cinco, nos procuró entretenimiento sin necesidad de llevar un libro para pasar el tiempo. Una chica alemana que perdió el vuelo a El Cairo nos contó su aventura en un estupendo español de Valladolid con acento alemán, aprendido en su estancia Erasmus. ¡Qué pequeño es el mundo!




La visita a Leipzig fue práctica, turística y familiar. Llovía, lo que hizo incómodo el paseo por la ciudad aunque no por ello dejamos de disfrutarla. La gastronomía de ese día fue típicamente alemana y casera. Degustamos cocina tradicional en un restaurante y merendamos las ricas tartas de la madre de Sebastian y café.



No podíamos comunicarnos, pero nos entendimos lo suficiente con los ojos. Cuando hablaban, en alemán casi todo el tiempo pues eran mayoría, observaba a sus padres y siendo ellos completamente diferentes en sus rasgos, muchos están en el rostro de su hijo, entre ellos cierta dulzura de su sonrisa y la limpieza de su mirada.


Para terminar, ya en España y en un arranque de sed de cine, The Reader (El Lector), completó este viaje en el espacio y el tiempo en el que lo que más me llenó fue ver una nueva serena mirada en mi hija y como permanece incólume su espíritu inquieto.


Y más, mucho más...

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2 comentarios:

Blogger Anita ha dicho...

No recuerdo mi alumbramiento. No recuerdo como cortaron mi cordón umbilical. No recuerdo mis primeros pasos, mis primeras palabras, mis primeros llantos. Pero sí recuerdo que ahí, en todos esos momentos, estabas tú. Sé que estabas ahí, porque cuando hoy te miro, veo todo el amor que has vertido, empleado, invertido en mí. Siento tu angustia tras nuestras discusiones, tu orgullo en mis éxitos, tu apoyo en mis fracasos, tu comprensión en mis errores, tu consuelo en mi sufrimiento. Por todo ello, por quererme sin reservas, sin esperar nada a cambio, por tratar de hacer de mi una persona mejor, por amarme como tan solo una madre puede hacerlo, por más cosas de las que jamás podré confesar, por todo, muchas gracias! ^_^

25 de abril de 2009, 9:20  
Blogger tcb ha dicho...

... mi niña, sé que puedes entender que ni aquí, ni ahora que acabo de leer lo que me has escrito, pueda decir palabra alguna. También sé que sabes lo que estoy sientiendo y que te quiero, Mum.

25 de abril de 2009, 22:55  

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