domingo, 28 de octubre de 2007

exCuñadas y sin embargo, amigas


Sus preocupaciones no eran diferentes de las que tenemos todos: los hijos, la pareja, el trabajo y la familia. Su generosidad alcanzaba las limpias cotas que la propia palabra transmite. Nunca me pidió nada, es decir, nunca me sentí demandada por imperiosa necesidad o censurada por su palabra. Nuestra amistad iba más allá de la cotidianidad, era un pacto sin negociación, un acuerdo sin necesidad de suscribirse, un hecho natural. Salvo los minutos de aquél día que nunca olvidaré, cuando, en la cocina de Ventoleira, mientras trajinábamos preparando la comida familiar que haríamos a medio día bajo la parra, me preguntó a bocajarro -¿Y ahora cómo te voy a llamar? Porque, claro, ya no somos cuñadas, ¡pero no me sale otra cosa! Ante esos ojos inmensamente azules, su sonrisa asustadilla y su pregunta poco gallega, espontáneamente respondí lo que yo sentía: -¡Pues amigas! Llámame amiga que es lo que somos ¿no?. Satisfechas y contentas por saber que nada había cambiado entre nosotras aunque la realidad pareciera forzarnos a construir algo diferente, seguimos llamándonos cuñadas todos estos largos años que continuamos unidas. Y se marchó siendo mi cuñada y mi amiga.
imagen pies descalzos
Ya te contaré. Fué la última frase que escuché de ella, por teléfono, antes de que se fuera definitivamente tras un lapso de tiempo no muy largo en el hospital, pero de intensa despedida. Hacía tiempo, minutos, días o quizá un par de años que no era del todo feliz. Sin embargo, su sonrisa se ampliaba siempre hacia los inmensos ojos azul mar oscuro y luminoso que siguieron igual incluso cuando dejó de sonreir porque su enfermedad no se lo permitía. Siempre terminaban así nuestras conversaciones telefónicas o de visu cuando algo bullía en sus entrañas y me lo contaba. Casi nunca terminaba las historias porque, cuando nos veíamos, eran momentos de vacación, alegría compartida y tranquilidad solar. ¡No iba a perdérselo!

Nuestros pies hacía tiempo que estaban desnudos por la adversidad. Ella todos los veranos me regalaba un par de zapatos nuevos porque -decía- no se le acomodaban. Su voz todavía suena en mis oídos, continuaré escuchándola, recordándola y queriéndola mientras el tiempo respete mis sentidos y mis sentimientos. Porque el lugar que ocupa en mi corazón es tan importante como los acontecimientos que compartimos durante treintaitantos años de nuestras vidas.

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3 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Me gustó mucho,es hermoso.Burrus

28 de octubre de 2007, 21:44  
Anonymous Vikinga ha dicho...

Solo decir que es muy hermoso lo que has escrito.
Biqui�os pra Ti.
Querote

7 de noviembre de 2007, 20:57  
Blogger TCB ha dicho...

Graciñas Burrus. Bico.

Grazas, Vikinga, al fin te paseas por estos lares. Benvida. Eu tamén che quero

7 de noviembre de 2007, 23:29  

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