sábado, 11 de agosto de 2007

Hay que escoger cielo o tierra


A TORRE VIXÍA : | Xosé Luís Barreiro Rivas Viernes 10 de agosto de 2007
Aunque cito de memoria, me parece oportuno recordar un pasaje de La Regenta en el que, durante una excursión por los alrededores de Vetusta, se comenta con añoranza el intenso azul del cielo de Castilla: ¡Qué hermosos serían estos arroyos y estas verdes colinas si los iluminara otra luz! Hasta que alguien interviene -creo que don Fermín de Pas- y matiza: «Hay que escoger cielo o tierra». Porque un suelo como el de Asturias exige cielos nublados y horizontes de bruma, mientras el azul de la Tierra de Campos nos obliga a pasar el verano rodeados del color pajizo de los rastrojos del trigo.Esto mismo -«hay que escoger cielo o tierra»- debió decirle la ministra de Fomento a los barceloneses. Porque si se opta por hacer el Foro de las Culturas, que aprovecha el colosal despilfarro de un verano para recuperar a uña de caballo las zonas industriales y marítimas degradadas, y se sorprende al mundo con una chistera inagotable de la que salen regalos e ideas que asombran al mundo y llenan de envidia al resto de los españoles, se acaban fundiendo los plomos, se paran los trenes y se colapsan los aeropuertos. La piedra filosofal de los políticos catalanes siempre consistió en hacer lo extraordinario, y ponerse las medallas como el mago Andreu, y esperar a que el Estado trabaje en el subsuelo, donde los ríos de dinero corren caudalosos y las medallas andan escasas. Y, aunque mi razonamiento puede desmontarse provisionalmente recurriendo a los repartos competenciales, no le quepa duda de que, en un análisis de cierto recorrido, acabo dar en el blanco. Por eso hay que decir que tienen mucha suerte los catalanes al tener su aneurisma de servicios en cosas tan pedestres y visibles como el fluido eléctrico, los trenes de cercanías y los atascos en el bajo Llobregat. Porque su reivindicación es puntual y urgente, y quizá obliguen al Estado a derivar hacia allí -¡otra vez!- los ríos de euros a los que están acostumbrados. Cuando seamos nosotros los enfermos -que también andamos buscando el cielo azul a base de auditorios y museos vacíos, un Gaiás descomunal, verbenas y saraos xacobeos y otras vanidades- nos vamos a encontrar con dos desagradables sorpresas: que cuando los músicos desenchufen sus amplificadores no va a quedar nada que se parezca a la renacida Barcelona costera; y que nuestros males se van a pegar en sitios casi imperceptibles -sanidad deteriorada, universidades desfinanciadas, informatización escasa, patrimonio deteriorado, urbanismo caótico- que no permiten reclamar nada concreto ni obligan a que Magdalena Álvarez viaje a Santiago. Porque hay que escoger cielo o tierra, y nosotros seguimos, como los de Vetusta, añorando el cielo ajeno.

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