domingo, 21 de marzo de 2010

El mal ajeno


No creo que fuera intención de Daniel Sánchez Arévalo transmitir la inevitable resurrección del pensamiento mágico en quienes se enfrentan demasiado pronto y/o demasiadas veces al dolor y sufrimiento propio y ajeno. Como tampoco creo que fuera idea del guionista plasmar en un relato cinematográfico mágico y de suspense exactamente estas experiencias.

O quizá sí. Seguro que Daniel sabe lo que es el amor, la enfermedad y la muerte. Porque él evoca sin ambigüedades los sentimientos vitales que estas experiencias nos procuran. O son tan habituales y comunes que no me doy cuenta de que su habilidad consistió sencillamente en haberlas plasmado limpia y silenciosamente en el celuloide donde todo lo que sucede es real y donde todo lo que no es real, también puede suceder.

Dirigida por Oskar Santos, amigo paniagüado de Amenabar, “El mal ajeno  es un largometraje de suspense sin complicados enredos fantásticos o policiales ni complejos entramados al estilo de “El sexto sentido” y “Los otros” . El relato se desarrolla con la naturalidad de la cotidianidad propia de la vida pasada y presente del protagonista –un médico de la unidad del dolor interpretado por el guapísimo Eduardo Noriega– y de cada uno de los otros personajes necesarios, cuyas vidas discurren entre el trabajo en un hospital y las relaciones y dificultades que acontecen en su vida privada. 

El pensamiento mágico es intrínseco al ser humano incluso en la  supuesta sociedad avanzada a la que pertenecemos. El homínido que somos teme in illo témpore que el cielo caiga sobre su cabeza por muy inteligente, fría o hueca que la tenga. Es por lo no puedo evitar interpretar la película a través del filtro de la propia experiencia con su drástica realidad y sus magiapalabras de consuelo: Cuando alguien muere, nace un niño. Cuando se atraviesa un gran sufrimiento, te vuelves más fuerte. Cuando alguien se marcha de la vida que te vive y te rodea, permanecerá vivo mientras permanezca en el recuerdo. Quien ama nada espera y todo lo da.

Pero la realidad, en definitiva, es que hay que doblegarse, conformarse y asumir que el desamor, el dolor y la muerte nos ocurren y las llevamos en el pecho hasta que se hacen insoportables y  las echamos a la espalda para no sentirverlos aunque continúen pesando en el recuerdo. Sé que esta es una visión pesimista y desdice magníficos argumentos sobre el optimismo de conocidos científicos como Rojas Marcos y Punset a los que admiro, pero no es tan solo la dramática realidad,  es  una verdad.

Anecdóticamente familiar es también el escenario donde discurre la acción y su exteriores: el Hospital La Paz y sus accesos, las cuatro imponentes torres llamadas del Real Madrid que diariamente veo desde las ventanas del trabajo.

La chica de la taquilla me dio la fila 11, butaca 11 y la sala donde vi la película era la número 11. Y si la hubiera visto dentro de una semana, habría sido +/-a las 11:11h de la mañana, pensé. Las coincidencias, -rumié mientras me adentraba por la sala de proyecciones- debían significar algo.  Quizá significara que la peli me gustó y me llegó aunque me enseñara algo que ya sabía.

 

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